Un mundo fragmentado
El siglo pasado fue devastado por dos
horribles guerras mundiales, conoció la amenaza de la guerra nuclear y un gran
número de nuevos conflictos, pero hoy lamentablemente estamos ante una terrible
guerra mundial por partes. No es fácil saber si el mundo actualmente es más o
menos violento de lo que fue en el pasado, ni si los modernos medios de
comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos hace más
conscientes de la violencia o más habituados a ella.
En cualquier caso, esta
violencia que se comete «por partes», en modos y niveles diversos, provoca un
enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y
continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos
contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio
ambiente. ¿Con qué fin? La violencia, ¿permite alcanzar objetivos de valor
duradero? Todo lo que obtiene, ¿no se reduce a desencadenar represalias y espirales
de conflicto letales que benefician sólo a algunos «señores de la guerra»?
La violencia no es la
solución para nuestro mundo fragmentado. Responder con violencia a la violencia
lleva, en el mejor de los casos, a la emigración forzada y a un enorme sufrimiento,
ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares son
sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en
dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los
habitantes del mundo. En el peor de los casos, lleva a la muerte física y
espiritual de muchos, si no es de todos.
La Buena Noticia
También Jesús vivió en
tiempos de violencia. Él enseñó que el verdadero campo de batalla, en el que se
enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano: «Porque de dentro, del
corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Pero el mensaje de Cristo,
ante esta realidad, ofrece una respuesta radicalmente positiva: él predicó
incansablemente el amor incondicional de Dios que acoge y perdona, y enseñó a
sus discípulos a amar a los enemigos (cf. Mt 5,44) y a poner la otra mejilla (cf. Mt 5,39). Cuando impidió que la adúltera
fuera lapidada por sus acusadores (cf. Jn 8,1-11) y cuando, la noche antes
de morir, dijo a Pedro que envainara la espada (cf. Mt 26,52), Jesús trazó el camino de la no
violencia, que siguió hasta el final, hasta la cruz, mediante la cual construyó
la paz y destruyó la enemistad (cf. Ef 2,14-16). Por esto, quien acoge la
Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la
misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación,
según la exhortación de san Francisco de Asís: «Que la paz que anunciáis de
palabra la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones».
Ser hoy verdaderos
discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de la no violencia.
Esta, como ha afirmado mi predecesor Benedicto XVI— «es realista, porque
tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede
superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de
Dios». Y añadía con fuerza: «para los cristianos la no violencia no es un mero
comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud
de quien está tan convencido
del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal
únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos
constituye el núcleo de la “revolución cristiana”». Precisamente, el evangelio
del amad a vuestros enemigos (cf. Lc 6,27) es considerado como «la carta magna de la no violencia cristiana», que no
se debe entender como un «rendirse ante el mal, sino en responder al mal con el
bien (cf. Rm 12,17-21 rompiendo de este modo la
cadena de la injusticia».
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